Había casi que reptar por aquellas callejuelas que embriagaban con aroma de especias orientales. Las calles de Jerusalén se encontraban vacías y las aguas navegaban por aquellas callejas empinadas tras el aguacero que había caído. Los primeros cristianos ya podían hacer profesión de fe en los territorios del Imperio y, aunque desde la muerte de Cristo no habían dejado de llegar peregrinos a Tierra Santa, ahora comenzaban a llegar en mayores dosis.
Era una tarde mortecina de Viernes Santo y la capilla de la Crucifixión de la basílica recién construida por Constantino se disponía a vivir uno de los momentos más profundos de la liturgia de aquel día, entre incienso, cánticos de improperios e himnos: la adoración de la Cruz.
Lo excepcional de este momento es que la cruz que se exponía para ser besada era un gran fragmento de la Vera Cruz hallada por santa Elena, donde Cristo había sido clavado. Los peregrinos y cristianos de la Ciudad Santa se deshacían en lágrimas adorando aquel árbol en el que la sangre había lavado la mancha original.
Con el paso de los años, los guardianes del Santo Sepulcro tuvieron que custodiar este acto de adoración, ya que muchos de los peregrinos que se acercaban a besar el madero, mordían la reliquia con tal de llevarse una astilla o trozo de la misma entre los dientes, hasta que hubo que retirar el Lignum Crucis por una cruz convencional.
Corría el año 396, ya moría en el calendario aquel maravilloso siglo IV que convertiría al cristianismo en un hecho cultural sin precedentes durante más de dos mil años.