Luis Antonio de Belluga y Moncada articuló su acción política, pastoral y fundacional desde una profunda espiritualidad centrada en la devoción a Nuestra Señora de los Dolores. Lejos de ser un rasgo accesorio, esta devoción constituyó el eje interpretativo de su vida y de su proyecto reformador. Así lo evidencia su propia heráldica, al adoptar como emblema episcopal el corazón traspasado por siete puñales, símbolo de la Compassio Mariae. Con él no solo proclamaba su rango, sino que expresaba una concepción del gobierno eclesiástico basada en la participación en el sufrimiento redentor de María.
Esta espiritualidad se proyectó de forma tangible en sus Pías Fundaciones del Bajo Segura. La repoblación y saneamiento de tierras insalubres no respondían únicamente a criterios económicos, sino a una visión providencial en la que el dolor adquiría dimensión social. La fundación de la villa de Dolores, a la que otorgó nombre y emblema, constituye la materialización más explícita de esta idea.
Del mismo modo, su mecenazgo artístico, como la Capilla de la Virgen de los Dolores en Motril, revela una vivencia íntima de esta devoción. En Murcia, en el contexto de la Guerra de Sucesión, el episodio de la Virgen de las Lágrimas en Cabezo de Torres reforzó su lectura providencial de la historia, interpretando el sufrimiento a la luz de la intercesión mariana. Finalmente, su elección de sepultura en la Chiesa Nuova de Roma, vinculada a los filipenses, cierra coherentemente una trayectoria en la que la interiorización del dolor de María se convirtió en el fundamento espiritual que marcó su vida y obra.