Candela Lombardía Pérez, universitaria de 21 años, cuenta su experiencia participando en un retiro de Effetá Murcia.
Muchas veces nos preguntamos si es posible hacer algo sin creer en ello. Siempre pensé que no. Sin embargo, en apenas 48 horas comprendí que, en la balanza de la vida, no podemos dejar que la ignorancia pese más que el intento.
A diferencia de la mayoría de quienes acudieron al retiro, yo no llevaba conmigo ninguna historia de catequesis ni de aulas donde se hablara de fe. Nunca recibí una clase de Religión, nunca fui bautizada bajo promesas que otros parecían comprender desde la infancia. Crecí al margen de ese lenguaje invisible y me convencí de que la fe era un territorio al que solo se accede si se te enseña desde niña; que, si nadie siembra esa semilla, nunca podría florecer por sí sola. Siempre he sido exigente conmigo misma y ambiciosa hasta el límite de mis fuerzas. Esa manera de ser me empujó a querer siempre más. Cada meta cumplida era solo el preludio de la siguiente. Sin embargo, habitaba en mí un vacío silencioso. Creí que podría llenarlo acumulando logros, que la plenitud llegaría disfrazada de éxito. Pero aun teniendo casi todo, siempre había algo que faltaba, una pieza invisible que no sabía identificar. Me frustraba no encontrar ese fragmento de corazón perdido. Con el tiempo, terminé convenciéndome de que era parte de mi naturaleza y que jamás lograría encajar la última pieza del rompecabezas. Así aprendí a convivir con la idea de que hay vacíos que no se llenan, solo se aceptan.
Hace 4 años conocí a Paula Silvestre, alguien que había crecido rodeada de la fe, como quien crece bajo un techo que lo resguarda de la intemperie. Desde aquel 5 de septiembre, vi en ella una luz distinta, algo sereno y firme que no había visto antes en nadie. Solía preguntarle cuál era su secreto para caminar con esa paz que a mí me faltaba. Siempre respondía con una sonrisa: «Es la fe. Sé que nunca estoy sola y confío en eso». Yo no terminaba de comprenderlo. ¿De verdad pensaba que Dios podía ayudarla a decidir, a sostenerse, a no caer? Me propuso acompañarla a Hakuna. Llegué a pensar que su insistencia era un intento amable de arrastrarme a su mundo. Le propuse un trato: «Reza por mí. Por mi examen. Y si apruebo, iré…». Se rio. No con burla, sino con esa seguridad tranquila de quien confía en algo más grande. Y aceptó. Días después, aquel examen que yo consideraba imposible terminó con un aprobado, suficiente para descolocar mis certezas. Y así fue como la acompañé a eso que llamaban hora santa, con más dudas que fe, pero con una curiosidad que empezaba a abrirse paso. Lo que resonaba en mi cabeza era: ¿Dónde me he metido? Pero no habían pasado ni 10 minutos cuando algo se quebró dentro de mí. Un sentimiento desconocido se abrió paso. Intenté mantener la compostura, pero la única forma que encontré de sostenerlo fue llorando. Pasé la semana siguiente intentando descifrar lo ocurrido. Sin respuestas, decidí dejarlo atrás.
Con el tiempo, Paula comenzó a bromear con volver, incluso con que me apuntara al retiro de Effetá. Yo me hacía la distraída, temiendo que acabaría diciendo que sí. Y así fue. Contra mis dudas y miedos por no encajar, terminé aceptando. Durante los 2 días de retiro lloré como nunca antes. No eran lágrimas de tristeza, sino de reconocimiento. Cada testimonio era un espejo; en cada historia encontraba una herida parecida a la mía. Pero lo que más me conmovía era la fuerza con la que hablaban de cómo habían logrado levantarse: gracias a su fe. Y entonces surgieron las preguntas que ya no pude silenciar: ¿Y si la solución a mis vacíos había estado siempre ahí? ¿Y si lo único que me faltaba era, simplemente, creer?
Recordé aquel pensamiento persistente de que mi corazón estaba incompleto. Muy despacio comenzó a formarse una esperanza nueva, serena, distinta a cualquier ambición que hubiera perseguido antes. Comprendí que no se trataba de llenar un vacío a base de logros, sino de abrir un espacio. Que Dios no había llegado tarde, sino a su tiempo. Que había respetado mis resistencias, esperando a que tuviera la madurez suficiente para elegir libremente caminar a su lado. Por primera vez, la idea de que mi corazón podía completarse dejó de parecerme imposible. Desde ese fin de semana, he abierto mi corazón para lo que tenga que venir.