La verdad que nos hace libres

En un mundo tan polarizado y en continua división cada uno lucha por defender su relato de la verdad. Esta defensa a menudo se realiza con violencia verbal o física, llevándonos a preguntarnos: ¿Qué es la verdad? ¿Dónde está? ¿Existe? Jesús ofrece una respuesta: «Yo soy el camino y la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Esta frase encierra enseñanzas importantes para nuestro tiempo.

La primera: Cristo es el único camino hacia el Padre. Esto no significa que nadie pueda llegar a Dios sin conocer a la Iglesia, sino que toda salvación viene de Cristo, y la Iglesia es signo e instrumento de ese don. Los bautizados formamos el Cuerpo de Cristo, en el cual cada uno cumple una función propia, un carisma distinto (Rm 12, 4-8), y Cristo es la Cabeza que da unidad y plenitud al conjunto. Al comprender que Jesús es la Cabeza entendemos que él es el centro de la Iglesia.

La segunda: Jesús es la verdad. No es una idea que poseemos, sino una persona que nos sale al encuentro y nos envuelve. Por eso dijo también: «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32). La verdad no limita la libertad, la hace posible: solo quien conoce el bien puede elegirlo de verdad.

Esta verdad debe creerse, proclamarse y defenderse desde la libertad de los hijos de Dios y desde la caridad, pues Dios es amor. Se defiende con palabras, actos de amor y argumentos racionales, es decir, desde nuestra vida. Cristo no se impone: se propone. Solo quien la vive desde el amor puede ofrecerla hoy como lo que es, un camino que libera.

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