¿Sabemos esperar? No hace mucho que me tocó permanecer un tiempo, creo que excedió lo prudencial, en una sala de espera, concretamente en la de una consulta de hospital. Evidentemente, los minutos en estas estancias se van aletargando, como si un motor se fuera parando lentamente hasta quedar inerte. En mi caso no era una urgencia, gracias a Dios, pero sí observé rostros con verdadera desesperación: unos por el dolor físico, otros por la pena de sentirse inútiles.
En esas divagaciones andaba mi mente cuando la detuve para pensar en la etimología de la palabra paciente; como buena palabra, tiene diferentes acepciones, pero todas ellas están relacionadas con saber esperar, con tener la suficiente paciencia para llegar a un punto en el que se ven los resultados. Si te hallas enfermo y bajo la supervisión médica eres un sujeto que manifiesta o implica paciencia, eres el paciente número cualquiera del doctor X. Y no solo debes confiar en él, en sus conocimientos, en su diagnóstico, en los tratamientos que te pueda prescribir, sino que además no tienes más remedio que esperar, ser paciente del tiempo, estar sereno, dejarte cuidar por los demás.
Y no siempre se es buen paciente, son unos cuantos los factores que influyen en nuestra capacidad de aguardar lo favorable. Porque cuando el cuerpo o la mente padecen el dolor, al ser humano se le activan todos los mecanismos de defensa, entre ellos el de creer en el mejor Médico, en el que te dice que pase lo que pase «no temas, porque yo estoy contigo» (Is 41, 10).