Si queríamos llegar hasta allí, había que subir al Monte de los Olivos, atravesar el huerto de Getsemaní y seguir caminando hacia la cima con mucha prudencia, pues debíamos llevar la bolsa dispuesta para sobornar a los otomanos.
Estamos en la Jerusalén del siglo XVII. Sin embargo, es la misma. Ayer y hoy. Coronando la empinada cuesta, donde los olivos iban clareando, se encontraba un humilde edículo octogonal. Los turcos, con astucia comercial, lo habían convertido en mezquita, cobrando rigurosamente la entrada a todo el que llegaba con cara de piedad.
El interior, austero y despojado de ornamentos, guardaba lo que todos buscaban, la peña sagrada. Contaba un fraile franciscano que relata su viaje a Tierra Santa en el siglo XVII que en aquella roca quedó impresa la huella del pie derecho de Cristo al elevarse a los cielos en su Ascensión gloriosa, como si la piedra hubiera quedado blanda como cera templada. ¿Y la huella izquierda? Los musulmanes la rebanaron antes para llevársela a su templo.
El espectáculo devocional no tenía parangón, peregrinos llorando y frotando rosarios con tal ahínco que desgastaban la divina planta más que el propio tiempo.
El edificio, además, contaba con una teología poética insuperable. El templo original carecía de techumbre. No era decoroso poner tejas al que había sido camino directo hacia el Padre. Era una iglesia con el cielo por cubierta.
Cuenta el relato que, tras pagar el peaje, el fraile sacudió el polvo de sus sandalias y prosiguió su camino, legándonos un retrato del lugar de la Ascensión que aún permanece en pie y cuya roca aún es venerada por sus devotos peregrinos.