Si miro atrás con los ojos del mundo, al ponerme a escribir estas líneas tan solo me vendrían palabras de tristeza, sentimiento de impotencia, rabia, dolor… La muerte se ha llevado en apenas tres días a los padres de dos de mis mejores amigas, de las amigas de siempre, de esas que son familia. Y siempre dan igual las circunstancias, el dolor de la separación es desgarrador y el consuelo no proviene de pensar que ahora no sufre o que puede estar junto a quien amaba. El verdadero consuelo es saber que ahora están en presencia de Dios. Esa es la esperanza cristiana. No es solo saber que tras la muerte estaremos libres de enfermedades, penurias, miedos, sufrimiento… no; sino que podremos gozar cara a cara de la presencia del Creador. Porque eso es el cielo.
En muchas ocasiones no resulta nada fácil ofrecer palabras de consuelo en estos y otros momentos de sufrimiento. La empatía, la ternura, a veces la sola presencia reconforta. Humanamente a mí siempre me han ayudado los abrazos y el silencio; y de Él me ha sostenido su fidelidad, constante, inmutable, firme. También consuela saber que Dios mismo experimentó todo tipo de sufrimiento humano menos el de la culpa por el pecado: supo lo que fue experimentar el dolor físico, fue azotado y crucificado, y hasta el miedo le hizo sudar sangre; sintió la incomprensión constante de los suyos, la burla de los romanos, el desprecio de los judíos, la traición de uno de los doce, la infidelidad de sus apóstoles, la negación de Pedro. Y a pesar de todo eso regresó y quiso quedarse con nosotros…
Este domingo celebramos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, aliento de vida, dulce huésped del alma, el que sostiene la Iglesia a pesar de «nuestros esfuerzos», «gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos». Mejor me quedo con eso.