«Santo Padre, me he curado, gracias a Dios. Me dieron ayer la noticia de que me he curado y voy a esperarle en Madrid». Sonriendo le comunicaba así Ignacio González al Papa, este martes, la buena noticia que llevábamos esperando desde el pasado mes de agosto. El joven de la Parroquia San Antón de Cartagena ha permanecido en Roma desde que, participando en el Jubileo de los Jóvenes, le detectaron un linfoma.
La fe es lo que ha sostenido durante estos meses a Ignacio y a su familia, ha contado su madre en diversas entrevistas, el saberse sostenidos por Dios y por las oraciones de miles de personas. Eso es la fe: la confianza; sentirse profundamente amado a pesar de que incluso a uno mismo le cueste a veces; el conocer que por muy difícil que se torne el camino tenemos un báculo en el que apoyarnos, y Alguien que camina a nuestro lado y que nunca nos abandona, de hecho, en muchas ocasiones nos lleva incluso en brazos.
¡Qué suerte saber que nunca estamos solos! No podríamos hablar de un Dios misericordioso si después de su resurrección Cristo se marchara al cielo sin más. No. Está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y esa presencia se observa tan solo a través de las lentes de la fe. ¿Pero qué pasa cuando los cristales de las gafas se empañan, sin querer los tocamos con un dedo o directamente no los limpiamos con frecuencia? Pues que no podemos ver con claridad. Por eso es necesario limpiar los cristales de nuestras gafas para así ver mejor. Ya sé que la fe no hay que limpiarla, pero sí cuidarla y ejercitarla, y la oración es el mejor ejercicio: «Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama», que diría Teresa de Jesús. Y qué mejor que hacerlo ante el Amor de los amores.