Sobre la alegría nos habla el salmo 126, y san Pablo en sus cartas a filipenses y tesalonicenses. Santa Teresa y san Felipe Neri nos dicen que un santo triste es un triste santo (incompatible con la gracia de Dios). La alegría es la insignia de los cristianos, el saberse hijos de Dios, el saberse acompañados y redimidos por Cristo, el saberse llenos del Espíritu santo, el saberse hijos de María. ¿Qué más podemos pedir? Creérnoslo es lo que nos falta a la mayoría de los católicos, creer que vive, que está presente día a día, que nos acompaña y podemos recurrir a él en todo momento y ocasión. Pedirle, llorarle, implorarle, agradecerle, escucharle, agradarle, mirarle, suplicarle, confiarle, entregarle, acompañarle, adorarle, cantarle, alabarle, bendecirle… Simplemente sabernos llenos de él y saber con certeza que está entre nosotros. Eso es «estar alegres», con paz, serenos, gozosos, llenos, confiados… Cual hijo que se sabe cuidado por su Padre. Cierto es que ahí también fallamos, nos creemos autosuficientes y olvidamos que somos creaturas, autónomos, sí; pero no autosuficientes y es ahí donde generamos nuestra propia infelicidad, nuestras inquietudes y tristeza.
Solo cuando conseguimos parecernos a Cristo o al menos lo intentamos, es ahí donde comienza y podemos alcanzar nuestra alegría, en él. Imitar a Cristo es nuestra misión, nuestra herramienta más poderosa para estar alegres de corazón y por humilde experiencia he comprobado que viene de él, en lo mundano la alegría es falsa, hueca. En tres palabras lo puedo resumir: amor, servicio y alegría.