La puerta de las ovejas

El discurso del Buen Pastor, tal como lo recoge el evangelio de Juan, condensa una de las imágenes más bellas de toda la Escritura. Es una revelación perfecta de la identidad de Dios. El texto griego emplea ποιμὴν ὁ καλός, donde καλός no significa solo «bueno» en sentido moral, sino bello, verdadero, pleno. Es el pastor en su forma perfecta, el Divino Narciso que diría sor Juana Inés de la Cruz. En ese sentido, Cristo no dice primero lo que hace como pastor, sino lo que es: «Conoce a sus ovejas y las suyas le conocen». El verbo γινώσκω no indica un saber externo, sino un conocimiento íntimo, participativo, casi vital, desde lo secreto, como reza el salmo 139: «Señor, tú me sondeas y me conoces».

Aparece entonces la clave: «Da la vida por las ovejas». La versión griega se traduce literalmente por «pone su vida». Es decir, la deposita libremente; nadie se la arrebata. El Pastor se entrega por sus ovejas. En la ermita de Santa Lucía de Valencia podemos contemplar la imagen de un Cristo que abre con sus manos el costado y, al punto, un chorro de sangre brota de él hacia la boca de una oveja dispuesta a alimentarse con ella. Bien se puede comprobar en esta elocuente alegoría aquello de «yo soy la puerta de las ovejas», pues la morada no es otra que el interior de sus llagas, donde la oveja debe pacer, allí donde dice el salmo: «En verdes praderas me hace recostar».

He aquí la economía de la salvación: Dios conoce, llama por el nombre y pone su vida para que vivamos.

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