Obviamente me opongo a la guerra, a cualquier guerra: Irán, Ucrania, Palestina, Haití, Sudán, Pakistán, Etiopía, Myanmar o Nigeria. Por otra parte, es complicado encontrar personas que se manifiesten a favor de ella.
Lo que resulta más peculiar y digno de reflexión, son las motivaciones para esa oposición.
Unos lo hacen por razones ideológicas, y por eso protestan de forma vehemente contra la agresión imperialista de USA a Irán, y por el genocidio de Israel contra los palestinos, pero ignoran el resto de forma deliberada o involuntaria.
Otros muchos se oponen, especialmente a este último conflicto por las repercusiones económicas que ya empiezan a sentirse en todo el planeta y que, de prolongarse en el tiempo y en el espacio, serán más intensas.
A otros les preocupan razones aparentemente más elevadas, como las víctimas humanas, los muertos y mutilados…, del propio bando, y la repercusión que pueden tener las imágenes difundidas por redes sociales en la opinión pública.
Lamentablemente no abundan los que se escandalizan convencidos de que en cualquier guerra es infinitamente más grave lo que se pierde que lo que se puede ganar en el mejor y más legítimo de los casos, de que la violencia engendra violencia, de que las víctimas humanas son irrecuperables, y de que la semilla de odio que se planta en la tierra regada con sangre echa raíces profundas.
Todavía son más escasos los que trabajan por la paz, pero justamente ellos son bienaventurados, y serán llamados hijos de Dios.