Vivimos en la época de las heridas. Las nombramos, las analizamos, las compartimos. La espiritualidad se ha vuelto tendencia y la llamada «sanación» se vende como una experiencia inmediata, en la que se nos repite que solos podemos curarnos, que solo es cuestión de energías y de abrazarnos… Pero, ¿alguien puede curarse a sí mismo?
Por otra parte, me da la sensación de que hay algo atractivo en sentirnos víctimas de nuestra propia historia, ya que mientras que soy víctima no tengo que responsabilizarme. Por eso pienso que tal vez el problema no sea tener heridas, sino que es quedarnos a vivir en ellas y no querer ni siquiera que Dios las toque.
Pues hoy te voy a contar un secreto: Tenemos la piel tan dura que a veces el Señor utiliza la herida para entrar en nuestra vida. Y esto ya son palabras mayores.
Si realmente queremos sanar nuestras heridas tenemos que dejar que Dios entre en nuestra vida y la transforme. Puede que Dios no la haya querido, pero sí que la utilice. Los cristianos no negamos el dolor, ni queremos maquillarlo, pero estamos convencidos de que la única manera de afrontarlo es con Alguien.
Si queremos que nuestra vida se transforme, que dé fruto, no podemos quedarnos en nuestras heridas. Hay que mirarlas desde Él. No desde la autocompasión sino desde su luz, dejándonos iluminar por su Palabra, su consuelo, su amor.
No estamos llamados a ser víctimas eternas, estamos llamados a ser protagonistas, a dejarnos amar, sabiendo que solos no podemos, pero con Él la herida deja de ser prisión y se convierte en puerta.