Ordinario

Esta primera parte del Tiempo Ordinario del año litúrgico nos ha mostrado la memoria de varios mártires, y a veces me pregunto si yo he de ser mártir, es decir, si he de dar mi vida por Cristo y la respuesta es que sí. Un sí en lo cotidiano, en lo que cuesta, en la constancia, en el día a día, en lo ordinario, que no es otra cosa que ordenar mi vida hacia Dios. Es la única forma en la que mi yo puede ir muriendo por Cristo.

Gracias a que es Dios quien capacita a los que elige voy observando cómo ha ido haciendo en mi día a día sus planes, eso sí, siempre que lo dejo. Descubrir mi Nazaret, mi no destacar, mis limitaciones, mis errores, es mi renunciar; y morir a mi yo me hace consciente del obrar de Dios en mi tiempo ordinario. Comenzar el día ofreciendo mi todo a Dios, escuchar su voluntad y pedir la gracia para ordenarme a ella. Escribir esto es fácil y además muy motivador porque realmente es mi deseo, propósito y afán del día a día, aunque reconozco que también es tan sencillo como gratificante cuando lo llevas a cabo.

No, no vivo siempre ordenada a la voluntad de Dios y aun así siempre lo intento, y veo como Dios en mi día a día facilita esta tarea si lo pongo en primer lugar. Es así de fácil: primero él y todo lo demás encaja; y lo que no encaja es que no es de Dios.

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