«No pasa nada», es lo que les digo a mis alumnos cuando me reconocen no haber vuelto a misa ni a rezar desde que tomaron la Primera Comunión. «No pasa nada», les digo a mis jóvenes de Life Teen cuando dicen «hoy no me puedo quedar a misa». «No pasa nada», les digo a mis amigos y familiares cuando dejan de lado las buenas costumbres de rezar e ir a misa que se les ha enseñado. Y así es, realmente no pasa nada porque no dejan entrar a Dios en sus vidas. Hace tiempo oí predicar a un sacerdote sobre esto mismo y cambió mi forma de reaccionar a las situaciones antes mencionadas.
Si solo uno de los personajes bíblicos que conocemos se hubiera quedado indiferente ante la llamada, el mensaje, la presencia, el acto, el susurro, el sueño, el milagro de Dios en sus vidas… no hubiera pasado nada. Su vida, al igual que la de mis alumnos, catecúmenos y familiares y amigos seguiría como siempre: sin pasar nada.
Nada tan extraordinario como es sentir, ver, conocer, recibir, hablar, transmitir, proclamar, cantar, bailar, sufrir, dudar, ir contra corriente, compartir, disfrutar, llorar, reír, adorar, contemplar, reconocer a Dios en sus vidas sucedería, ya que voluntaria e irónicamente han pasado del tema.
Cuando Dios pasa por tu vida y lo acoges todo cambia, empiezan a pasar cosas y cosas muy interesantes en tu vida que la transforman, que no siempre nos pueden gustar, como ir a contracorriente, pero sí siempre llenan, le hacen a uno feliz.