León XIV nos exhortaba, en la LIX Jornada Mundial de la Paz, a construir «una paz desarmada y desarmante».
Desarmada porque hay que empezar a cuestionar que la única paz posible es la de una paz armada, que se construye sobre la imposición de la ley del más fuerte. Una paz que pasa por el reparto del mundo en zonas de influencia, un nuevo imperialismo construido sobre guerras de baja intensidad y tecnología militar cada vez más poderosa. Es la paz armada que crea paradojas, como la de quien aspira al Premio Nobel de la Paz después de obligar a sus aliados a aumentar el gasto en armamento y después de intervenir militarmente sobre otros.
Nos invitaba también a construir una paz desarmante. Afirma: «La bondad es desarmante», y lo hace en un mundo donde la bondad es continuamente desprestigiada.
El desarme no es suficiente si no llega hasta las mismas conciencias, y esto implica vigilar esta creciente tendencia a «convertir los pensamientos y las palabras en armas». Si el nivel político o militar se nos aparece como lejano, este nivel del pensamiento y las palabras nos tocan bien de cerca. Porque es creciente la tendencia a utilizar las palabras no solamente en defensa de las propias posiciones, sino como un permanente ataque contra los otros, contra aquellos que piensan, sienten o actúan de forma diferente a la mía.
En un mundo de opiniones fuertes, donde nadie escucha a nadie o solo se escucha a quien es como yo, el peligro de abrir abismos entre las personas es enorme, y la paz deviene imposible.