Con un choque de puños, la sonrisa de oreja a oreja, su chaleco azul y un «¡Buenos días! ¡Bienvenida!» me saluda Manolo. Una actitud que notas que se contagia entre los que van llegando y se disponen a buscar su sitio. Últimos instantes para afinar y ensayar mientras se van llenando todos los asientos. Algunos tienen que moverse para dejar espacio a más personas e incluso hay quien tiene que quedarse de pie, pero siempre hay sitio para más.
Los de los chalecos azules recuerdan a los padres que los niños no molestan, que no se sientan incómodos si los pequeños se inquietan. Me encanta cuando los niños no incordian, no quiero decir con esto que no hagan ruido y no se muevan (ambas actitudes denotarían que están durmiendo o enfermos), sino que no nos moleste que los niños sean niños. Qué bonito un lugar así, en el que tampoco nos moleste la lentitud de los años o lo aparatoso de la enfermedad, que unos tengan la piel de un color u otro… Un lugar en el que seas como seas, te sientas como te sientas, te esperan con alegría y hay un sitio para ti.
El pasado domingo, al salir de misa de la parroquia de Puente Tocinos recordé que el Cielo tiene que ser así y que lo podemos vivir también aquí. «Es un reino de paz, es un reino de amor, es un reino de justicia y libertad. Donde reina la igualdad, donde reina la hermandad, donde reina el Rey de reyes de verdad», cantaba Luis Alfredo. Y si queremos ser verdaderos ciudadanos de ese reino deberíamos ser sus mejores embajadores, ¿verdad? Un reino que podemos degustar aquí, aunque aún no de forma plena (ese «ya, pero todavía no» en el que insistiría mi querido profesor de Escatología). Y en ese reino nos espera el Rey del Universo –aquel que se hizo uno con nosotros– con los brazos y el corazón abiertos porque Él nos amó primero.