Hace tiempo, en una formación, alguien preguntó qué significaba eso de ser Iglesia católica. La respuesta era sencilla: que es universal. No solo porque se extiende mundialmente, sino también porque, como dijo Francisco en la JMJ de Lisboa, «en la Iglesia hay espacio para todos, todos, todos».
Ha terminado el Jubileo de la Esperanza y puede que, como pasó con el Sínodo de la Sinodalidad, muchos lo hayan vivido como algo lejano, como si no fuera con ellos. Quizá no supimos transmitir que eran acontecimientos importantes para esa Iglesia de la que formamos parte desde nuestro bautismo. Porque la fe no se agota en lo que vivimos en nuestra familia, grupo, movimiento o parroquia. Empieza ahí, sí, pero su horizonte es más amplio: nuestra Iglesia es local y universal.
Mi párroco de juventud solía decir que la Palabra se saborea con calma, conociéndola, dejándose tocar por lo que nos dice. Con el tiempo he comprendido que también la Iglesia necesita ser saboreada: conocerla y vivirla más allá de lo cercano. Participar en encuentros, jornadas, retiros, convivencias o formaciones interparroquiales, vicariales, diocesanas y, a veces, nacionales o internacionales, ayuda a vivir esa universalidad. Cuando salimos de lo conocido descubrimos que en la Iglesia conviven muchos estilos y carismas, pero una misma fe que nos sostiene y une.
El Jubileo de la Esperanza ha sido una oportunidad gozosa para ampliar esa mirada. En 2033 celebraremos el Jubileo de la Redención, avisados quedan. Hasta entonces, sigamos caminando, sin miedo a salir de lo nuestro, para saborear una Iglesia que es de todos. Les aseguro que merece la pena. Feliz año.