Redescubrir la Navidad en nuestras calles

Cada año, cuando empiezan a encenderse las luces navideñas, regresan las conversaciones de siempre: que si hay demasiadas, que si se gasta mucho, que si la Navidad ha perdido su sentido. Aun así, creo que todo esto puede ser una oportunidad. A veces Dios se deja sentir en esos detalles que muchos consideran simples adornos.

Cuando camino por la ciudad estos días, las luces me hablan de algo más que fiestas. Me recuerdan que la oscuridad nunca tiene la última palabra. No cambian la realidad de golpe, pero levantan el ánimo y encienden una chispa interior.

Los colores que llenan las calles despiertan en mí una alegría profunda, esa que olvidamos cuando las prisas y el cansancio nos pueden. Ese toque de belleza invita a bajar el ritmo y a mirar la vida con más gratitud y esperanza.

Y cuando aparece un belén en una plaza o en un escaparate, siempre me detengo. No puedo evitarlo. Me recuerda lo esencial: un Dios que elige hacerse pequeño, que entra en el mundo sin hacer ruido para que nadie tema acercarse a él. Por eso pienso que la Navidad no es solo decoración o tradición; es una ocasión para «volver a mirar». Podemos transmitir fe sin grandes discursos, dejando que la belleza hable y permitiendo que nos toque por dentro hasta devolvernos esa paz interior tan necesaria.

Al final, lo importante no es cuántos adornos haya, sino con qué mirada los contemplamos. Si lo hacemos con profundidad, descubriremos que nuestras calles siguen susurrando lo mismo que en Belén: «No temas. Estoy contigo».

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