Lucas narra la Presentación con precisión semántica. La versión bizantina afirma que se «llenaron» los días para la purificación, un verbo que demuestra que nada ocurre antes de tiempo. La ofrenda, mínima, dos tórtolas o un par de palomas. Los verbos griegos insisten entonces en un matiz decisivo, el Señor no simplemente «va» al templo, sino que «entra dentro». El Creador de la ley penetra en el espacio donde la ley se observa, estableciendo una paradoja central de la historia de la salvación.
En este marco aparece Simeón, descrito como «δίκαιος», justo. Pero su justicia no es activismo moral, sino una disposición interior. El justo es aquel que se ha vaciado para que Dios lo habite. Por eso Simeón representa lo antiguo, la promesa sostenida por la espera. No se puede esperar sin vacío. Cuando toma al Niño en brazos, sabe que se ha cumplido la palabra recibida: no ver la muerte sin ver al Cristo del Señor. Desde ahí Simeón pronuncia el «ἀπολύεις». El verbo no significa solo decirle a Dios que puede dejarle marchar, sino liberarle, soltarle definitivamente. Ya no queda vínculo alguno, porque sus ojos han visto la «σωτηρία», la libertad, traducida en la Vulgata como salvación. Esta, añade Simeón, ha sido preparada para todos los pueblos, una luz que «ἀποκαλύπτει», que «quita la cubierta» de las naciones, y que es, al mismo tiempo, gloria de Israel. La espada larga que atravesará el alma de María anuncia un dolor profundo, pero también una función reveladora, volver a «quitar la cubierta» de los razonamientos del corazón. El mismo verbo griego, una salvación para todos los pueblos.