¿Quién soy?

La pregunta «¿quién soy?» atraviesa las culturas y épocas. Es antigua y a la vez la más actual de las preguntas humanas. De hecho, las generaciones más jóvenes es la pregunta que actualmente se formulan. Esta pregunta brota del corazón inquieto de quien busca sentido, pero también de la experiencia de saberse pequeño en medio de un mundo misterioso. En Occidente, esta pregunta se formula en soledad y se responde con abstracción. Pero, ¿y si la respuesta viniese desde la vida compartida?

La persona se define por las relaciones que la sostienen. La identidad es un entrelazado de vínculos. Frente a una cultura del ego, que mide el ser en términos de éxito, posesión o reconocimiento, el ser verdadero es participativo. No «tengo» identidad, la recibo, la cuido, la comparto. Ser humano, entonces, no es afirmarse sobre los otros, sino saberse tejido con ellos.

El Génesis narra que el ser humano fue modelado del polvo y animado por el soplo divino. No somos dueños de nosotros mismos: somos don recibido. Todo lo que somos es gracia, no mérito. En Jesús, Dios mismo se da, y en ese gesto de donación total nos revela que la identidad más profunda del ser humano es darse.

La pregunta «¿quién soy?» se ilumina entonces a la luz del Evangelio: soy aquel que es llamado a amar y ser amado. Soy criatura, hijo, hermano, servidor. Afirmaba san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Tal vez la respuesta no sea una definición, sino una experiencia: soy cuando me doy, soy cuando cuido, soy cuando amo.

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