¿Quién me ha quitado el Adviento?

Mi anciana tía, maestra rural en un pueblito perdido de la Castilla profunda, cuando empezaba el Adviento ponía en su mesa una cunita de madera. Y animaba a cada niño a hacer una buena acción. Al día siguiente escribíamos en un pedacito de papel ese acto y plegábamos el papel hasta simular una brizna de paja. Al dar las vacaciones esa cuna estaba repleta de «paja» para que así el Niño estuviera cómodo y calentito en su pesebre.

A los cristianos la experiencia de dos milenios y el don del Espíritu Santo, nos advierten que las cosas importantes hay que prepararlas con cuidado, y ese mimo exige tiempo y atención. Pero el mundo sigue sus reglas y la neurótica sociedad de consumo usurpa lo sagrado profanándolo. Así la Navidad se comercializa e inmediatamente después de tragarnos la tontuna anglosajona de Halloween empieza el despilfarro pseudonavideño.

Una ciudad compite con otra por los millones de bombillas que instala, cada supermercado quita apresuradamente las calabazas para sustituirlas por turrones y los publicistas atacan nuestra emocionalidad con la «magia de la Navidad» recién estrenado noviembre. ¿Queda espacio y tiempo para preparar el corazón?

Propongo humildemente seguir un calendario de Adviento objetivo, con un propósito concreto para cada día, por pequeño que sea, adaptado a las circunstancias y edades de los destinatarios. Y a los belenistas, que esperen a poner el Niño en Nochebuena. Y si a alguien le sirve el recurso educativo de mi tía, que lo aproveche, no tiene copyright.

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