Quizá sea fácil hablar de inmigración sin haber conocido rostros de personas que han tenido que abandonar su país. Rostros como el de Flavia, que dejó su Guatemala natal y vino a España con la esperanza de una vida mejor. Desgraciadamente se encontró con la dureza de tener que vivir «sin papeles», lo que significaba inseguridad, compartir piso con desconocidos, problemas para encontrar trabajo y hasta miedo de ir al médico. No hablamos de papeles, hablamos de vida digna.
Hace poco se anunció el inicio de un proceso de regularización extraordinaria de personas migrantes. La Conferencia Episcopal lo recibió con esperanza y nos recordaba que se trata de una cuestión humana y evangélica. También nuestro obispo José Manuel nos decía sobre ello que «como cristianos debemos abrir los brazos a todos los que buscan una vida honesta, trabajar y contribuir a hacer mejor este mundo».
Aun así, es normal que haya quien tenga dudas, porque a veces no se entienda bien o porque nos dé miedo lo desconocido. Seguramente esto pasa cuando no hemos escuchado historias como la de Flavia. Pero la fe nos invita a mirar de otro modo: la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto para proteger su vida y allí, seguramente, se sintieron migrantes, extranjeros y vulnerables. Quizá por eso Jesús nos enseñó cómo debemos tratar al migrante (cf. Mt 25, 35).
Esto no es buenismo, se trata de dignidad y de poner rostro a la acogida, venga de donde venga; llámese Flavia, Mohammed o Paola. Por suerte, hoy Flavia tiene su situación regularizada, esposo y un zagalico que nació en Nochebuena. A veces, la esperanza empieza así.