Hay en esa puerta lateral del arca de Noé algo profundamente humano, demasiado humano. No es solo una rendija en la madera para que salgan Noé y su zoológico de salvación, sino la grieta por donde la historia se escapa hacia el misterio. Los antiguos, que sabían tanto de símbolos como de certezas, entendieron que toda salvación necesita una fisura, una herida por donde el mundo pueda renacer. San Agustín, en su obra Ciudad de Dios, lo vio enseguida. El costado del arca era anuncio del costado de Cristo, abierto por una lanza para que brotaran agua y sangre, vida y redención.
Noé, empapado hasta los huesos, es el hombre que sobrevive al naufragio universal; Cristo, atravesado en la cruz, es el que vence el naufragio definitivo, la muerte. Ambos salen de la oscuridad por la misma puerta simbólica. Uno abre paso a una humanidad recién lavada; el otro, a una humanidad completamente redimida. En mitad de todo, el agua que lava y la sangre que embriaga: dos líquidos que, juntos, componen la alquimia de lo eterno.
Los pintores lo entendieron bien: cada pincelada en el costado de Cristo era una llave que abría el arca de la fe. Porque al final, todo esto –la puerta, el diluvio, la herida– no es más que la verdad de siempre: la del hombre que, para salvarse, debe atravesar la muerte y emerger, tiritando pero vivo, al otro lado. Y ahí, en esa puerta entre el desastre y la siempre viva esperanza, Noé y Cristo se dan la mano señalando que después de cada naufragio, despunta una nueva aurora en el Oriente.