Pasar a saludar

Cerca de casa tenemos Santa María de Gracia. Y tener una iglesia tan cerca, cuando lo piensas bien, es un regalo. Pasamos por delante muchas veces al día. Al volver del colegio, al ir de un lado a otro… Y siempre que la puerta está abierta, le digo lo mismo a mi peque: «Princesa, ¿entramos a saludar al Santísimo?». A veces entramos solo un momento. Una genuflexión, una oración sencilla, un «¡Hola, Jesús!». O simplemente un breve silencio, miramos al sagrario y seguimos nuestro camino. Otras veces le pregunto: «¿Quieres pedirle algo?». Y le pedimos por alguien o por algo que nos inquieta.

De paso saludamos también a Santiago Apóstol, al que siempre le dejo alguna petición por nuestra familia. Y ella, siempre que se acuerda, se arrodilla un momento delante del Medinaceli. No sé muy bien qué le dice, pero desde lejos la veo hablarle. Me hace gracia verla tan pequeña y tan convencida de lo que hace. Se queda un rato allí, como si estuviera hablando con un amigo de los de verdad. Y de pronto se levanta y dice: «Ya está, mamá. Vámonos». Y volvemos otra vez a la calle.

No sé si se acordará de estos momentos cuando sea mayor. No sé cuánto tiempo seguirá haciéndolo. Quizá un día pase por delante de Santa María y ni siquiera repare en que un día entraba a saludar.

Pero pienso que, si alguna vez vuelve a hacerlo sin mí, aunque sea solo por un instante, ya habrá merecido la pena. Porque al final es algo tan sencillo… Pasar a saludar al Señor que está ahí. Esperando. Siempre.

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