Siempre que escucho o leo algo del reconocido biblista, el padre Francesco Voltaggio, me llama la atención cómo se refiere a Tierra Santa como el lugar donde se encuentran «las fuentes de la fe». Esto chocaba con mi razonamiento espiritual y supuestamente bien fundado de que nada tiene que aportar visitar los Santos Lugares, teniendo templos, sagrarios y personas que nos muestran a Cristo vivo.
Con esta dura premisa, me embarqué por primera vez el pasado mes en un viaje a aquellas tierras por las que vivió el Señor, y aunque la experiencia quedó marcada por el inicio del conflicto bélico en Oriente el 28 de febrero –que trataremos en siguientes entregas–, tengo que decir que prontamente se desmoronaron todos esos argumentos pretenciosos que me llevaban a presumir de una fe madura y asentada.
Tras visitar primeramente los lugares cercanos a Nazaret, pusimos camino a Jerusalén, donde tuvimos antes una parada en Belén. Allí, en el campo de los pastores, conocimos a algunas familias cristianas que, fieles al mandato del Señor, y evitando la tentación de huir de aquel lugar a otros más cómodos y seguros, permanecen fieles a su fe en las fuentes donde Dios quiso hacerse carne.
Estamos más o menos hechos a ver historias de cristianos perseguidos en muchos lugares del mundo, que incluso llegan a morir mártires. Pero qué triste es cuando esa persecución se convierte en silenciosa, marginando a unas cuantas decenas de cristianos a la más absoluta ignorancia dentro de la sociedad. Recemos por ellos, acompañémosles desde la misma fe que compartimos, y tengámosles presentes cuando, el Viernes Santo, recemos y colaboremos con los cristianos de Tierra Santa, la tierra del Señor.