No llegues tarde que alguien te espera

La mayoría de los profesores en la universidad no te dejan entrar a clase si lo haces después que ellos. Si llegas al médico y se ha pasado tu hora, tienes que esperar a que pase el turno de los demás y haya hueco para que te llamen. Si llegas tarde al trabajo ten por seguro que tendrás que dar explicaciones. Y pobre de ti si llegas a un espectáculo cuando este ya se ha iniciado y el artista se da cuenta; bien les sacó los colores Carlos Goñi el pasado viernes a quienes llegaban pasada la hora a su concierto porque quizás venían de intentar ver, aunque fuese de lejos, a Richard Gere.

El caso es que cuando tenemos especial interés en algo, tenemos una cita importante, hemos quedado con alguien que nos importa o vamos a un lugar en el que queremos quedar bien, nos preparamos con esmero y llegamos con tiempo. Si verdaderamente nos importa la otra persona no la hacemos esperar, sino que intentamos llegar incluso un poco antes para que todo en nosotros esté dispuesto para ese momento. Sin embargo, cada domingo (y da igual la iglesia y la localidad que sea) puedes tener la seguridad de que un porcentaje de los fieles llegará bien empezada la celebración.

Ya sé que esto de hablar de llegar tarde a misa es abrir un melón, porque es verdad que siempre puede surgir cualquier imprevisto que nos impida llegar a la hora que teníamos prevista, pero también es cierto que la impuntualidad crónica denota falta de previsión o de interés. La cita, sin duda, es importante: hemos sido invitados a un banquete y el Anfitrión es quien se convierte en alimento, implícitamente a través de su Palabra y explícitamente a través de su Cuerpo. ¡Qué suerte que, lleguemos a la hora que lleguemos, no se nos vete la participación! ¡Qué regalo que, llegando incluso en último lugar, el sueldo a recibir sea el mismo que el de los que llegaron a tiempo!

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