En 2006, en un momento crucial en mi vida laboral, personal y de fe, fue de Dios (ahora lo sé) que viviera, en tan solo unos meses, los primeros de aquel año, un tiempo de dolor e incertidumbre, y a la misma vez de sanación y esperanza. En plena vorágine, que me pareció de inicio el fin del mundo, Dios me llevó al desierto, a aquel en el que vuelve a conquistarte, y a la tierra prometida de la forma más literal posible. De peregrinación en Tierra Santa (aquel santo lugar de constantes conflictos), en aquellos lugares en los que Dios pisó la tierra, se respira un algo diferente (quienes hayan estado allí me entenderán). Por un lado, todo te desconcierta, porque tiendes a imaginar el lugar antes de llegar y, por otro, todo te conmueve.
En Jerusalén, las peregrinaciones cristianas suelen organizar un Vía Crucis que transcurre por la Vía Dolorosa, aquel camino que Jesús recorrería desde la antigua Fortaleza Antonia hasta el Gólgota, un recorrido que se dibuja hoy por calles de la ciudad vieja y que transcurre en parte por el zoco musulmán, desde la Puerta de los Leones hasta la basílica del Santo Sepulcro. Pese al bullicio y las miradas de incomprensión, recelo o, incluso, desprecio, es para el cristiano que lo recorre en oración un lugar sagrado, a pesar del gran ruido de las compras y el regateo que podrían recordar los improperios que entonces hacían a los reos. Y te identificas, aunque tan solo sea un poco, con el Maestro. Y de extraña manera ese lugar, que puede parecer inhóspito, te hace reafirmar de forma más esencial lo que eres y quieres ser: discípulo de Cristo.
Esas voces en contra de lo que somos, esas burlas, se escuchan hoy de otra manera. Dicen que tenemos carencias y que por eso necesitamos creer en algo. No, Silvia, nosotros no carecemos de nada, aun faltándonos muchas cosas (muchas), lo tenemos todo en el Todo.