Hay algo que siempre me llama la atención: por el simple hecho de ser consagrada, algunas personas sienten que tienen derecho a cuestionar muchas cosas de las que hago. Voy a explicarme, porque dicho así parece la cosa más seria de lo que pretendo. Vivimos en un mundo en el que podemos saber casi cualquier cosa al instante. No estamos acostumbrados ni a la frustración ni al límite de no poder conocerlo todo. Y, sin darnos cuenta, esta forma de vivir, muchas veces, nos convierte en personas inoportunas. Y es que me han llegado a preguntar por qué la camiseta que llevo debajo del hábito es azul y no marrón.
Lo digo con todo el cariño: me parece excesivo tener que justificar cada pequeño detalle. Existe una curiosidad insana que solo busca ser saciada, aunque la mayoría de las veces no aporte nada ni a quien pregunta ni a quien responde. Me consuela saber que a Jesús también le sucedía algo parecido. Él recibía preguntas y muchas veces también incómodas, y sin embargo sabía responder con libertad, a veces saliendo por la tangente, pero siempre con serenidad. Se ve que cuando una vida llama la atención despierta muchos interrogantes.
Yo también he decidido no dar explicaciones de todo. Prefiero vivir mi vocación con alegría y plenitud, sin dedicar energía a justificar lo que no merece la pena. Quien tenga verdadero interés quizá pueda preguntarse primero por qué necesita saber tanto. Porque no se trata de ocultar nada, sino de recordar que no somos dioses, que no todo tiene que ser sabido y que el respeto a los límites es también un acto de amor y delicadeza. Es, en definitiva, aprender a mirar sin invadir, a preguntar sin exigir, a interesarse sin poseer. Y eso, creo yo, también evangeliza.