«La verdad os hará libres». No es un eslogan de ningún tipo de campaña política, pero ojalá lo utilizaran desde el convencimiento para eso. Conocer la veracidad de lo que acontece nos ayuda, sin duda, a tomar buenas decisiones en nuestro día a día: si sabemos el estado de las carreteras podremos planificar mejor nuestro viaje; si estamos al día de los precios de los alimentos sabremos equilibrar nuestra cesta de la compra para evitar gastar más de lo que queremos; tan solo si uno estudia podrá aprobar un examen… Esta verdad de lo cotidiano es la que nos condiciona para poder actuar con cierta libertad.
Sin embargo, nosotros hablamos de una verdad y una libertad diferentes. Si ampliamos la cita, era esto lo que Jesús decía a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Aquí se nos complica la cosa o quizá se nos simplifica… Por lo general, ¿cuándo no suele equivocarse un niño? Cuando le hace caso a su madre. La mayoría de las veces actuará bien renegando o pensando incluso que controla más la situación o sabe más que ella, pero si procede según las indicaciones de su madre no se equivocará y no se hará daño.
Para aspirar a esa verdadera libertad hay que ser fieles al Maestro, pero no solo repitiendo sus palabras hasta a veces vaciarlas de contenido, sino haciéndolas vida. Ser verdaderamente un discípulo es actuar según las enseñanzas de un maestro y seguir su misma suerte. Esa es la fidelidad y coherencia que Jesús nos pide y no solo en la comodidad de nuestra comunidad. Seamos discípulos también en lo cotidiano, en medio de esta sociedad cada vez más dividida, más polarizada, más ignorante, más llena de odio, más perdida…