La Septuagésima

La Septuagésima fue, durante siglos, un tiempo litúrgico concreto y bien definido dentro del calendario cristiano occidental. Comprendía las tres semanas anteriores al Miércoles de Ceniza y, por tanto, precedía inmediatamente a la Cuaresma. Su nombre procede del domingo de Septuagésima, situado aproximadamente nueve semanas antes de la Pascua. A este le seguían los domingos de Sexagésima y Quincuagésima, formando un pequeño ciclo preparatorio.

Aunque el número setenta no coincidía exactamente con el cómputo real de días hasta la Pascua, la denominación tenía un valor simbólico. Litúrgicamente suponía un cambio perceptible. El color morado sustituía al verde del Tiempo Ordinario, anticipando el tono penitencial de la Cuaresma. El Aleluya dejaba de cantarse hasta la Vigilia Pascual, subrayando que el tiempo de preparación había comenzado. La música y el ornato se volvían más sobrios. Sin ser todavía Cuaresma, ya no se estaba en el clima festivo ordinario.

En algunos lugares se iniciaban prácticas como la abstinencia en días laborables. La finalidad era pedagógica: preparar gradualmente a los fieles para la disciplina cuaresmal. No se trataba de introducir de manera abrupta el ayuno y la penitencia, sino de disponer el ánimo de forma progresiva.

Este tiempo estuvo presente en el rito romano tradicional desde los siglos VI y VII. En la actualidad ya no figura en el calendario litúrgico, aunque se conserva en la forma extraordinaria y en otros calendarios, como el luterano.

Conocer la Septuagésima permite comprender mejor la estructura histórica del año litúrgico, como preámbulo al tiempo de preparación hacia la Pascua.

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