«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1, 31). Esta afirmación es hecha al finalizar Dios toda su creación, incluido el hombre, por tanto, todo lo que es creado por Dios es bueno desde su esencia. No es justo que, de todo lo que sucede de malo en nuestra realidad (injusticias, enfermedades, maldades varias u otras cosas negativas), culpemos a Dios, todo ello es consecuencia del pecado original y la concupiscencia del mismo, o lo que es lo mismo, nuestra inclinación al pecado (cf. CEC 2448). Dios no quiere nada de eso, lo que él desea es que volvamos a nuestra realidad primera, es decir, que volvamos nuestra mirada y nuestra vida al Amor primero, el cual nos creó, nos acompaña en cada momento de nuestra vida y nos ayuda con su gracia para que podamos dar respuesta al deseo del Señor de ser perfectos como Él (cf. Mt 5, 48).
Esto nos debe de interrogar a nosotros mismos, para poder caminar por el sendero de nuestra vida sin cometer ningún tipo de pecado, de forma que procuremos vivir de manera humilde y constante en las virtudes. Vivir esto no es sencillo, por eso Jesús afirma: «Entrad por la puerta estrecha» (Mt 7, 13), pero eso no significa que no valga la pena, pues es grande la recompensa: la vida eterna en el amor trinitario de Dios. Lo que nos lleva a comprender que la naturaleza humana encuentra su belleza más sublime y la realización más plena en la comunión más íntima y perfecta con Dios. Caminemos para alcanzar esa plenitud y belleza vitales.