La esperanza como virtud social

Acostumbrados al análisis que solemos hacer en esta columna de temas de calado social que tienen que ver con la fe, hablamos hoy de la esperanza, llamada a ser vivida como una virtud social. Ante las incertidumbres y sinsabores de nuestro día a día, en medio de la fragilidad y el descarte en que nos encontramos, tenemos la tentación de convertir la esperanza en un mejor deseo inalcanzable o desvinculado de la realidad.

Sin embargo, en este Adviento, recordamos cómo la esperanza cristiana no es huida o evasión, sino una fuerza moral que impulsa a construir el mañana. La espera en el Señor supone preparar caminos y lugares concretos, personales y comunitarios, donde pueda habitar la justicia, la reconciliación y el cuidado mutuo. La esperanza no puede ser tal, si no se entiende desde su dimensión social.

En este camino, la figura de María aparece como un modelo luminoso. Su respuesta al anuncio del ángel no es pasividad ni obediencia ciega. María pregunta, discierne, y finalmente decide. Su «hágase» es un acto profundamente moral: una decisión libre, madura y responsable que asume consecuencias y compromisos. Y así nos regala una forma nueva de esperar, pasando de la inercia a la acogida, de la resignación a la disponibilidad al plan de Dios.

En un mundo que a menudo oscila entre el miedo y la indiferencia, María nos enseña que la esperanza verdadera se convierte siempre en responsabilidad. Y que, cuando la acogemos como ella, Dios vuelve a encarnarse en la historia.

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