Viajar no es un pasatiempo moderno ni un capricho para ocupar el tiempo libre. El viaje es algo milenario, una solemne práctica desde la Antigüedad potenciada en la dorada Edad Moderna –pues hasta don Quijote emprendió su viaje‒. Viajar es una vieja necesidad humana con unos fines muy claros: salir en busca de belleza, de asombro y de eso que llamamos lo sublime cuando no encontramos una palabra mejor para expresar nuestras limitaciones. Uno no deja su casa porque sí; emprende su marcha porque algo en el alma pide horizontes más anchos, paisajes que le sacudan y ciudades que no se parezcan a lo que ya conocemos. Es instinto, hambre antigua de lo desconocido.
El turismo de hoy, con su prisa y su obsesión por fotografiarlo todo, ha olvidado esto. Pero bajo el ruido de las estaciones y los aeropuertos persiste la misma pulsión: buscar lo desconocido, explorar más allá de la zona de confort. Platón lo intuía: la belleza no se queda en sí misma, se desborda y se hace la encontradiza, es una flecha que apunta más lejos, hacia el Bien y la Verdad. Todo esto no es adorno, es evidencia.
Cuando viajamos para contemplar una cordillera, una catedral desconocida o el mar golpeando acantilados, no buscamos solo estética. Buscamos sentido. Buscamos al Autor detrás del cuadro. Porque si existe algo tan bello que nos obliga a callar, quizá sea porque nos llama alguien que está más allá del paisaje.
El ser humano siempre ha salido al mundo para encontrarse con algo mayor; un peregrino que, sin decirlo, va en busca de Dios.