El verdadero sentido de la Navidad

En unos días celebramos la Navidad, que no son solo unos días de encuentro, fraternidad, paz y solidaridad (aunque también). El verdadero sentido de la Navidad tiene un nombre propio: Jesús de Nazaret; un misterio: la encarnación de Dios; y un objetivo: la redención del mundo. Dios se hace uno entre nosotros por amor, desde la completa gratuidad y en la más absoluta humildad.

Estos días celebramos que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16), y no solo quiso Dios hacerse uno como y entre nosotros, sino que no buscó la protección de su omnipotencia, se hizo pequeño entre los pequeños. No vino Dios a nacer en palacios sino en la tremenda sencillez de un pesebre, al abrigo de las estrellas, rodeado de pastores y animales.

Sin embargo, parece que esta «ostentosa» sencillez hiere la sensibilidad de algunas personas (demostrando con eso la poca sensibilidad que tienen…). «¿Qué daño puede hacer un Niño que nace?», le escuchaba decir hace unos días a Meloni. Y es cierto, ¿a quién puede molestarle la verdadera esencia de la Navidad? ¿Qué daño puede hacer un recién nacido en la pobreza de un pesebre? ¿Qué sentido tiene celebrar esta fiesta sin sentido alguno?

Quizá lo que pueda molestar de la verdadera esencia de la Navidad no es su impronta de fe, sino lo que ha de implicar en quienes la celebran de verdad. Decir «¡feliz Navidad!» no significa decir «¡felices fiestas!», ni siquiera «¡feliz aniversario del nacimiento del Niño Dios!», sino: «Quiero dejar que Dios renueve todo lo que soy y deseo que también pueda hacerlo en ti». Implica reconocerse hijos de Dios y querer ser habitados por él. ¡Feliz Navidad, queridos lectores!

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