No sé si será por la llegada de la primavera o quizás sean mis años, que se encuentran en ese proceso de maduración al que se llega con la edad, pero cada día veo pasar la vida más rápido. Siempre me han hecho gracia las frasecitas de «el tiempo vuela», «la vida va muy deprisa» o mi favorita, la de la pequeña Mafalda: «Que paren el mundo que me quiero bajar». Parece que esto lo pensamos todos, pero no es así; es curioso sí, el tiempo no corre igual para todos.
Cuando era pequeña las siestas de verano encerrada se hacían interminables, estaba deseando que mi abuela materna, con la que me crie, diera la orden para poder salir veloz al encuentro de mis amigas. Y cuando les pregunto a mis alumnos adolescentes que confiesen cómo es su percepción del tiempo, ruborizados contestan que en algunas clases parece que la imagen se congela.
Y es que hay estudios que afirman que el tiempo se acelera con la edad, que esta sensación está relacionada con alteraciones cerebrales y con la rutina. Leyendo un artículo sobre este tema, me quedé pensando en las estrategias que propone: incorporar novedades a la vida cotidiana, cambiar rutas habituales o probar alimentos diferentes. No son malos consejos, habrá que tenerlos en cuenta cuando el vértigo nos haga correr el minutero del reloj. Sin embargo, me sigue gustando más la advertencia de san Pedro en su segunda carta: «Para el Señor un día es como mil años y mil años como un día».