El fichaje de Dios: menos rezos de grada y más echarse el mundo a la espalda

Creer suele reducirse a una etiqueta ideológica, un dato estadístico que nos agrupa bajo el paraguas del deísmo. Sin embargo, si ocho de cada diez humanos afirman creer y el mundo sigue igual de frío, quizá es que la fe no es una opinión, sino un lubricante vital. Y ese lubricante tiene un nombre: entrega.

En el fútbol, cuando el partido se complica, están los que se esconden y los que se ofrecen. Esos que «se echan el equipo a la espalda» no solo juegan; sustituyen el cansancio ajeno con su propia determinación. Jesús hizo exactamente eso: se cargó a la espalda al equipo entero. No fue un acto teórico, fue una identificación total.

A menudo buscamos señales y prodigios en el cielo, pero la salvación suele estar dibujada por figuras anónimas –cuántas mujeres, en silencio– que sostienen hogares y vecindarios. No escuchan voces místicas; simplemente responden al «¿quién irá?» con un rotundo «heme aquí».

Da vértigo, claro. Tomarse a Dios en serio es un ejercicio intelectual; lo que realmente estremece es que él te tome en serio a ti. Es entonces cuando te conviertes en un faro en medio de la marejada. La estructura sufre el golpe de las olas, pero la luz sigue girando. Porque esa luz no te pertenece: te atraviesa.

No importa si te sientes pequeño o si, como Moisés, balbuceas ante el compromiso. Las invitaciones más importantes no siempre llegan a los «imprescindibles».

El dueño de la casa llena su mesa con gente como tú: personas que, simplemente, han decidido no fallar.

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