A veces nos tomamos la Cuaresma como si fuera una lista de tareas pendientes o un examen para ver qué tan buenos somos. Sin embargo, en el día a día, siento que este tiempo es, sobre todo, una invitación a bajar el ritmo y dejar las prisas fuera. Es el momento de soltar esa pesada mochila de querer aparentar lo que no somos y atreverse a entrar, con sencillez, en nuestro desierto personal. Ese lugar donde el ruido se apaga y, por fin, nos encontramos cara a cara con la verdad de nuestra vida, sin disfraces ni defensas.
Reconozco que el silencio del desierto da un poco de miedo. Allí, lejos del qué dirán, nos topamos con nuestra realidad más humana: el orgullo de querer llevar siempre la razón, la vanidad de parecer impecables y esos temores que a veces nos bloquean. Pero ¡qué alivio es descubrir que en ese desierto no tenemos que demostrar nada a nadie! Dios no nos quiere por nuestros éxitos, sino sencillamente porque somos sus hijos. Él nos ama tal cual somos hoy, con nuestras grietas, heridas y cansancios.
No temas a tu fragilidad. A veces escondemos nuestras pobrezas, sin ver que es ahí donde brilla el amor de Dios. Aceptar que somos de barro nos hace más cercanos y, sobre todo, nos cambia la mirada hacia el vecino. Quien reconoce su propia fragilidad sabe mirar al otro sin juzgar.
Aunque el camino sea seco, sigue confiando. No vas solo. Déjate querer, por fin, por Quien más te conoce.