El desierto

¿Por qué Dios llevó al pueblo de Israel por el camino más largo? En pocas semanas habrían llegado a la Tierra Prometida por los caminos ya trillados, en lugar de tener que caminar hacia el sur de la península del Sinaí, de dar vueltas y vueltas, teniendo que atravesar todo el desierto.

Este hecho se puede comparar con un rey que quería dar el reino a su hijo como herencia. Pensó: «Mi hijo es todavía pequeño, apenas sabe leer y escribir. ¿Cómo podrá gobernar un reino? Esperaré a que crezca en fuerza y sabiduría. Entonces habrá llegado el momento de darle el reino».

Lo mismo pensaba Dios hace 3.276 años (recordemos la noche en que escaparon de Egipto, y comenzó el Éxodo, fue el 14 de Nisan del 1250 antes de Cristo, primera luna llena de primavera): «Si les conduzco por el camino recto, enseguida deberán enfrentarse con los enemigos de todo tipo, y no están aún preparados. Son esclavos apenas liberados; son como niños. En el desierto los conduciré de la mano, les hablaré al corazón, les enseñaré a caminar por la sabiduría de lo que no conocen ni esperan».

Pues eso mismo hace Dios con nosotros: cada año, en cada Cuaresma, y en tantos otros momentos de nuestra vida, «nos lleva al desierto» para hablarnos al corazón, para hacernos fuertes, para que conozcamos nuestra debilidad, para que maduremos, y darnos entonces su sabiduría. ¡Bienvenidos a la Cuaresma, tiempo de grandes oportunidades, no de rebajas! ¡Bienvenidos al desierto!

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