Cuando yo era pequeño -cuenta quien la vivió-, me gustaba sentarme a los pies de mi madre y mirar cómo bordaba. Un día le dije que no comprendía su costura, llena de hilos de colores que aparecían mezclados de modo desordenado. Entonces me invitó a sentarme en su regazo… Me sorprendió y emocionó ver una hermosa flor en el bordado. Mi madre, entonces, me dijo: «Hijo mío, desde abajo se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba».
Muchas veces, a lo largo de los años, he mirado hacia arriba, al cielo, y he dicho: «Padre, ¿qué estás haciendo?». Y Él me responde: «Estoy bordando tu vida; un día te traeré al cielo, te sentaré sobre mi regazo, y verás el plan desde aquí… Entonces comprenderás».
Hasta aquí esta preciosa historia real.
Y es que ya nos lo dijo el Señor, a través del profeta Isaías: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes» (Is 55, 8-9). Con el Señor lo mejor que podemos hacer es esperar confiados, mantener la esperanza; porque Él nos da siempre lo que ansía nuestro corazón, aunque tantas veces no sea lo que nosotros, desde nuestra pequeñez y cortedad de miras, pensamos.