Educar el corazón desde la clase de Religión

En los últimos años vuelve el debate sobre la presencia de la enseñanza religiosa en la escuela. Para algunos es un asunto administrativo; para otros, un resquicio del pasado. Sin embargo, quienes educamos desde el carisma marista comprendemos que no se trata solo de un trámite: está en juego la formación integral de cada niño y joven.

La educación no consiste solo en transmitir conocimientos. En un mundo marcado por el ritmo frenético y la confusión, la escuela tiene la misión de guiar a cada joven hacia el sentido de su vida, su identidad y sus valores. La asignatura de Religión, bien planteada, no adoctrina: abre preguntas esenciales que ningún otro espacio curricular se atreve a formular. ¿Quién soy yo? ¿Qué me guía? ¿Qué responsabilidades tengo para con los demás? Sin estas preguntas, la educación queda incompleta.

Además, la enseñanza religiosa favorece la convivencia. Al conocer las raíces cristianas de nuestra cultura y los valores que brotan del Evangelio (dignidad humana, solidaridad, justicia…) los jóvenes adquieren herramientas para convivir con respeto en una sociedad plural. La ignorancia, en cambio, genera prejuicios y rompe lazos.

También es un derecho de las familias que desean una educación acorde con sus convicciones. Respetarlo, amigos, no es ningún privilegio sino una expresión auténtica de pluralismo democrático. La escuela concertada debe ser un espacio donde todas las opciones educativas puedan convivir.

Para los maristas, la escuela es un espacio privilegiado de encuentro y crecimiento. La clase de Religión es una oportunidad para estar cerca de cada joven en su crecimiento, respetando su ritmo, su historia y sus preguntas, cultivar la interioridad y sembrar esperanza. No se trata de defender una tradición, sino de ofrecer un servicio necesario.

Hoy, más que nunca, la educación necesita alma. Y la enseñanza religiosa puede seguir proporcionándola.

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