Cuidar a quien nos cuida

La semana pasada varios curas de nuestra Diócesis participaron en Granada en unas jornadas sobre el cuidado de los sacerdotes y el cansancio que a veces acompaña su ministerio. Unas semanas antes, en Madrid, más de un millar de sacerdotes celebraban Convivium, una asamblea presbiteral que terminaba con la necesidad de cuidar integralmente la vida del sacerdote y reforzar su acompañamiento personal, sobre todo de quien se va quedando aislado.

A poco que uno esté atento cada vez se habla más del cansancio sacerdotal, de la intensa vida pastoral y de la soledad que, a veces, los acompaña. Nuestros curas suelen estar disponibles a cualquier hora, sosteniendo el Babel de la parroquia, escuchando historias duras, acompañando sufrimientos reales y todo eso, junto con dosis de cierta incomprensión, les pesa y desgasta emocional y hasta físicamente.

Quien tiene la suerte de compartir un rato de conversación con ellos lo nota. No aparece como una queja, sino como una convicción serena: cuidar su vida espiritual, humana y social no es un lujo, es necesario. Porque, como cualquier persona, también necesitan esa cercanía de alguien con quien sentirse escuchado y sostenido.

Hace poco el Papa León recordaba que «un sacerdote no está llamado a vivir su vocación en aislamiento, sino a reavivar el fuego de Dios compartiendo sus luchas y caminando en comunión». Por eso, a los laicos nos toca más que nunca cuidar de quienes nos cuidan: desde un sencillo «¿cómo estás?», hasta rezar por ellos, escucharlos, agradecer su entrega, respetar su descanso o, de cuando en vez, echar un café con una charraica tranquila. Por favor, cuiden de su cura.

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