Yecla, mi pueblo, sufría una herida profunda días atrás, cuando el viento que azotaba nuestras calles arrancó los azulejos blanquiazules de la cúpula de la Basílica de la Purísima. Ante la pena y el susto, y el agradecimiento por no haber causado ningún daño humano, hemos visto como esto no es solo cerámica caída, sino la herida a un símbolo que trasciende la arquitectura.
Esa herida nos recuerda el esfuerzo y amor que hace más de 150 años ofrecieron nuestros antepasados para construir un símbolo, una Iglesia en la que entrara todo un pueblo. No deja de ser significativo que esto suceda en las puertas de esta nueva Cuaresma.
Ante la secularización, las ofensas contra la dignidad del hombre o la humillación de la fe que padecemos, el viento descubre aquello que parecía permanente. También nuestra fe, cuando se apoya solo en la costumbre o la sociología puede perder su identidad sin darnos cuenta. En este tiempo de despojo, podemos dejar caer lo accesorio para redescubrir lo esencial.
Reconstruir la cúpula exigirá recursos, coordinación y generosidad. Reconstruir el corazón pide oración, conversión y caridad concreta. Y la primera debe ser consecuencia de la segunda. Si sabemos vivir este momento como llamada y no solo como desgracia, el viento no habrá sido únicamente destructor: habrá sido purificador.
Que, cuando vuelvan a brillar los colores inmaculados en lo alto del templo, también brille una Iglesia más consciente, más unida y evangélica. Porque las piedras se restauran con trabajo; la fe, con entrega. Y esto no solo vale para los yeclanos, sino para todos los que aplicamos esta enseñanza a nuestra vida.