Hace unas semanas un amigo utilizó dos palabras que, desde entonces, no han dejado de resonar en mí: consentido y con sentido. Parecen casi iguales, pero esconden dos maneras muy distintas de vivir… también la Navidad.
Llega la Navidad y con ella una avalancha bien conocida: subirán los precios, llegarán las cenas de empresa, de amigos, de familia. Diremos que todo está carísimo, que no se puede con tanto compromiso, pero aun así pagaremos, compraremos, asistiremos. Lo haremos casi sin pensar, por inercia, porque «toca». Viviremos la Navidad consentidos: dejándonos llevar por lo que hay, por lo que se espera, por lo que marca el ambiente. Y, sin embargo, la pregunta importante es otra: ¿Seremos capaces de vivir la Navidad con sentido? ¿De no quedarnos solo en el ruido, en la agenda llena, en el consumo? Porque la Navidad no es solo algo que sucede fuera; es Alguien que quiere nacer dentro.
En este momento donde aparece Lux de Rosalía, donde vamos al cine a ver Rey de reyes o Los domingos, etc., surge una oportunidad preciosa. ¿Sabremos mirar todo esto con fe? ¿Seremos capaces de acercar a otros, con sentido, el misterio de un Dios que se hace pequeño?
Vivir la Navidad con sentido no significa hacer menos cosas, sino hacerlas distintas; no huir del mundo, sino habitarlo con una luz distinta. Significa sentarse a la mesa, sí, pero sin olvidar por qué celebramos. Significa consumir, quizá, pero también compartir. Significa dejar espacio al silencio, a la oración, al encuentro.
Que esta Navidad no pase simplemente consentida. Que sea, de verdad, con sentido.