En momentos de alegría o tristeza; para declarar el más puro de los sentimientos o el más original de los desprecios; desde la sencillez de la madre que arrulla a su hijo, hasta la composición más compleja. La música forma parte de nuestra vida, podríamos decir incluso que forma parte de nuestra esencia.
Hay canciones que nos emocionan profundamente, a veces porque la letra es capaz de expresar aquello que siente o anhela nuestro corazón; otras veces es la melodía o el momento en el que las escuchamos por primera vez. Hay canciones que son capaces de adentrarnos en la melancolía más profunda y otras tienen capacidad para sacarnos de ella e incluso ponernos a bailar.
Lo mismo ocurre en nuestra vida de fe. Nuestra historia de salvación es una historia de dos, es una historia de amor y ¿qué buena historia de amor no tiene banda sonora? Desde el principio de los tiempos el ser humano ha utilizado la música para alabar a Dios, lo recoge la Sagrada Escritura: desde los salmos (en algunos de los cuales se indican incluso los instrumentos que tenían que acompañar la oración), hasta el «cántico nuevo» del Apocalipsis.
Con órgano, en polifonía, con guitarra y percusión o a capela; las canciones tradicionales o las que con gestos ayudan a los más pequeños a participar en la liturgia… Además de mover nuestro corazón a Dios, la música favorece la comunión, ya que en la liturgia nos ayuda a «rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios» (Papa León XIV). No cerremos la puerta a la belleza de la música ni la encapsulemos en un solo género porque «cantar es propio de quien ama», decía san Agustín, el mismo que nos recuerda que quien canta, ora dos veces.