Las Antífonas de la O no son un adorno tardío del Adviento, ni tan solo una acumulación poética de títulos. Es la misma historia orando a modo de síntesis. Una manera de pronunciar el tiempo cuando este ha alcanzado su madurez. Las Escrituras afirman que han llegado los días. La traducción literal del griego bizantino dirá que se han colmado los días. Las antífonas muestran que todo ha llegado y nos sitúan en los últimos días antes del Nacimiento del Señor, invocando su llegada.
Cada antífona comienza con una exclamación abierta, profunda: «O». Es un clamor. Un deseo. Después, le sigue un título antiguo –Sabiduría, Adonai, Raíz, Llave, Oriente, Rey, Emmanuel– que no se suma a los anteriores, sino que los reconduce. Son nombres que no agotan, sino que rodean. Es la circunscripción de lo eterno.
Estas invocaciones proceden del Antiguo Testamento, pero no se quedan allí. La Sabiduría que ordena suavemente, el Señor que habló en el Sinaí, la Raíz de Jesé que brota en silencio, la Llave que abre sin forzar… Todos estos nombres han sido probados por la historia. Nuestra propia historia. Han sido dichos, esperados y a veces incomprendidos. Pero estos días regresan concentrados, purificados, casi desnudos.
La tradición monástica entendió bien su ritmo. No se cantan para explicar, sino para preparar el espacio interior a través del silencio y la espera del Adviento. Cada antífona estrecha el círculo. Cada día, la espera se vuelve más concreta, más encarnada. El deseo no mira al cielo, mira a la tierra.
No son palabras para decir deprisa. Es el alma vaciada, lista para recibir y quedar plena.