María del Carmen Cano, de la Parroquia San Pablo de Murcia, es franciscana seglar y hoy comparte su testimonio como ministra extraordinaria de la Comunión, llevando a Jesús a los enfermos.
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar, sea por siempre bendito y alabado! ¡Paz y bien, hermanos! Dos saludos que contienen todo lo que ha sido mi vida espiritual.
Cuando me dijeron de dar este testimonio quedé sorprendida, porque no me considero digna; pero me dije: «Mari Carmen, ¿cómo no vas a dar tu testimonio, sea el que sea?». ¡Es una oportunidad para poder hablar de Dios!
A los siete años comencé a ir con mi madre a la adoración eucarística, que me aportó profundizar en la Eucaristía, es decir, en el centro y culmen de la fe cristiana. A los nueve años, en el novenario a san Francisco de Asís en la iglesia de la Merced, un padre franciscano en su predicación hizo que me sedujera una biografía cuyo carisma era el servicio a los necesitados, a los que no cuentan, a los enfermos… Por ello cuando en mi Parroquia San Pablo se nos ofreció la oportunidad de ser ministros extraordinarios de la Comunión, aunque soy una vasija con muchas grietas, una indigna sierva, me ofrecí.
¿Acaso hay ministerio más extraordinario que el de ser mensajero de Cristo Eucaristía? Nada más por ver cómo se les ilumina el rostro a los enfermicos cuando reciben el alimento espiritual merece la pena el compromiso adquirido.
Ah, no lo he dicho, pero la Iglesia ha sido siempre mi segunda casa. He dirigido coros en diversas parroquias, he formado a feligreses en liturgia… Y las muchas horas gratuitas ante el Santísimo me llevaron a entender que la misa diaria es tan o más necesaria que la comida diaria para el cuerpo.
Francisco de Asís, del que estoy enamorada, me invita a vivir el Evangelio en cada segundo de mi vida. Si hay que hablar de un hombre que vivió su vida desde la más autenticidad fue él… pero si sigo hablando de él, llenaría toda la revista.
Mi formación franciscana hace que viva estos servicios con la alegría de tener la oportunidad de ser útil, sobre todo llevando a Jesús a los enfermos. ¿Que si animaría a otros a realizar este ministerio? A todos. Yo cuando voy por la calle y llevo el Santísimo en una bolsita, en el pecho, me digo: «Mari, si las personas que viven la fe supieran que ahora mismo en esta bolsita vive Dios, se arrodillarían o harían una genuflexión».
En esta vida, desde los comienzos cada uno sueña con ser alguien. Tal vez porque de pequeña leí muchos libros hagiográficos quería ser santa; aunque ya sabemos que no se trata de aspirar a ser santos, sino que tenemos el deber de serlo.
En verdad todo es don, todo es gracia. Yo lo único que he puesto en mis 68 años ha sido perseverancia: he procurado ser fiel a la adoración y al franciscanismo, y ambos me han propiciado que viva el ministerio extraordinario de la Comunión.
Solo me resta animar a todos a que pidan la gracia para realizar este ministerio en el que se es portador del Creador del universo. Que Dios os bendiga.