Fabiola Palazón Rizo, de Ricote, tiene 23 años y es enfermera en Cartagena. Hoy cuenta su experiencia participando en la Esperanzada, la gran peregrinación de la Pastoral Vocacional.
P.: Has participado en hasta cuatro ediciones de la Esperanzada, incluida la celebrada el pasado fin de semana. ¿Cuándo te animaste a participar por primera vez?
R.: El primer año que fui a la Esperanzada fue en 2022. Ya había oído hablar de esta peregrinación, pero por diversas razones no iba. Ese año mi tío, que es sacerdote, nos animó a ir a mi hermana, a mi prima, a unos amigos de nuestro grupo y a mí; así que nos decidimos a ir. Desde ese año no hemos faltado nada más que uno.
P.: ¿Cómo fue tu primera Esperanzada?
R.: Fue una experiencia que nunca olvidaré; pude ver la belleza de la Iglesia como familia, como hogar. Ese año fuimos 230 personas: religiosas, sacerdotes, laicos, jóvenes, familias… Ver la riqueza de la Iglesia de primera mano fue algo que me marcó mucho y que me hizo darme cuenta de la suerte que tenía.
P.: ¿De qué manera procuras vivir esta peregrinación cuando participas en ella?
R.: La disposición del corazón es muy importante y la Esperanzada es una oportunidad para abrir el corazón a Dios y dejarte sorprender por él, y para aprender que todas esas actitudes que a lo mejor nos cuestan menos allí, es necesario llevarlas al día a día. Para mí ir a la Esperanzada es ir al encuentro del otro a través de Dios, es un fin de semana donde te despojas de ti y te das al otro en cada caminata, en cada comida… En cada actividad hay una oportunidad de entregarte, igual que en nuestra vida.
P.: ¿Qué te llevas de la Esperanzada de este año?
R.: De esta Esperanzada me quedo, sobre todo, con la certeza de que la Iglesia siempre será mi hogar. Aunque no nos veamos con frecuencia a lo largo del año, seguimos siendo una familia que sale al encuentro del otro. En cada gesto, en cada sonrisa, he podido percibir la mirada de Cristo.
Este año también me llevo el descubrimiento de la riqueza y la belleza de la vocación: cómo Dios llama a todos y nos concreta en un camino dentro de su Iglesia. Como bien dice el himno de este año: «Diversas vocaciones, un solo corazón. Todos respondemos sin ningún temor, Iglesia que camina en comunión».
Son muchas las anécdotas que podría recordar, pero hay una en especial que creo que todos guardamos en el corazón tras este fin de semana. Uno de los niños que participaron, con su inocencia, pureza y alegría, se ganó a todo el mundo con su sencillez: saludando, contando chistes, preguntando y, sin darnos cuenta, enseñándonos dónde está lo verdaderamente importante. Porque, como dice el Evangelio, hay que ser como niños para entrar en el reino de los cielos. Y, a través de este pequeñín, el Señor nos lo ha vuelto a recordar.
P.: ¿Animarías a otros jóvenes a participar?
R.: Animo a todo el mundo a participar, da igual si son más jóvenes o mayores, si son laicos o consagrados… Es un encuentro donde nos reunimos en familia, la familia de la Iglesia. Y una oportunidad para dejarse tocar por Cristo.