«No hay que dejar de mirar, el dolor está ahí»

Elena María Martínez Campoy es de la Parroquia Santa María Madre de la Iglesia de Murcia y hoy cuenta una de sus experiencias de misión, que vivió el pasado verano en Filipinas junto a Hakuna.

El pasado mes de agosto cogí un vuelo rumbo a Filipinas para vivir un compartiriado de la mano de Hakuna, nombre con el que este movimiento llama a la acción social cuyo eje central es aprender unos de otros, compartiendo nuestro tiempo, corazón y vida.

Durante dos semanas estuve con un grupo de noventa personas haciendo misión en Tondo, uno de los barrios más poblados de la capital, pero también de los más pobres, donde miles de personas viven en condiciones de extrema precariedad. Allí, muchas personas –incluidos los niños– sobreviven recolectando por la noche todo tipo de desechos (plásticos, cartón, metales, vidrio) y vendiéndolos por la mañana a cambio de una mísera cantidad de dinero. Recuerdo perfectamente el primer día que amanecimos en Tondo: todo era caos, una humedad de casi el 100 %, sensación térmica de 38 ºC, un fortísimo e intenso olor por las calles debido a las condiciones higiénicas del lugar… y lo primero que pensé fue: «¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo voy, supuestamente, a ayudar aquí?».

Lo primero en lo que uno cae al llegar a este tipo de realidades y ver el sufrimiento y la pobreza que imperan por las calles es en querer sentirse productivo: ayudar donde sea, como sea y a quien sea, y al finalizar el día poder hacer check en el objetivo de haberme sentido productiva y realizada. Y sí, durante los primeros días del compartiriado caí justo ahí, hasta que recordé una frase que nos dijo un amigo antes de poner rumbo a Filipinas: «Preparad el corazón y quedaos con cada uno de los rostros con los que os crucéis». A partir de ese momento decidí salir al encuentro de esos rostros y descubrir su sentido, su belleza. Y efectivamente, en cada uno de ellos había una mirada que suplicaba el deseo de ser visto, de recibir cariño, de saberse amado. En especial, estas miradas las hallé en los niños de Tondo, la gran mayoría de ellos huérfanos o abandonados a su suerte. Y fue entonces cuando descubrí una herida común en todos esos corazones: el sufrimiento nacido de la indiferencia. La indiferencia que sufren los marginados de esta sociedad (pobreza extrema, niños trabajadores y personas sin acceso a vivienda, jóvenes atrapados en círculos de violencia y criminalidad) acaba asolando el corazón y ahogando su deseo de amar y ser amados, en especial en aquellos niños que son abandonados. A pesar de ser muy pequeños, son conscientes de su realidad y tentados a creer que, si han sido abandonados, significa que no merecen ser amados.

Un recordatorio que nos hicieron las Hermanas de la Caridad durante nuestra estancia en Manila sobre la presencia de Jesús en «los más pobres de los pobres» me ayudó enormemente a vivir esta experiencia: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Comprendí cuál era realmente la misión a la que estaba llamada en Tondo: sencillamente estar presente, compartir el corazón no solo para amar, sino también para dejarme ser amada. ¿Y cómo hacerlo hablando idiomas tan distintos, viniendo de realidades tan dispares? Con el lenguaje de Jesús, el lenguaje de la ternura. Una mirada de cariño ya era suficiente para que se sintieran vistos, amados y con la capacidad de poder también ellos amar. Y para mi sorpresa, lo que yo recibía de ellos era aún mayor: un abrazo del cielo, un encuentro con Jesús. Y esto podemos hacerlo también en nuestra propia realidad. Es cierto que cuando el sufrimiento y la pobreza son tan palpables resulta más fácil salir de nosotros mismos, darnos y ponernos al servicio del otro. Pero la verdad es que vivimos en una sociedad donde el sufrimiento, aunque no siempre sea tan evidente, está presente. No hay que dejar de mirar: no son dos realidades distintas, el dolor está ahí dondequiera que vayamos. Se trata de detener por un momento el ritmo desenfrenado en el que estamos inmersos y atrevernos a mirar… mirar con ternura, mirar el corazón.

Carmen García
Graduada en Periodismo. Redactora. Responsable de edición y diseño de la revista Nuestra Iglesia.

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