María Teresa Camacho Mené, murciana de 83 años, ha sido voluntaria durante décadas en Cáritas, donde puso en marcha el actual programa de acogida para inmigrantes.
P.: ¿Cuándo comenzaste a ser voluntaria en Cáritas?
R.: En 1991. Estuve viviendo en Tarragona unos años con mi marido y cuando regresé a Murcia yo quería hacer algo por los demás. El entonces director de Cáritas Diocesana, Joaquín Esteban Mompeán, me invitó a ser voluntaria y empecé entregando ropa y zapatos a la gente que acudía al lado del Obispado, a una salita donde antes se hacía este reparto. Ese mismo año, el padre jesuita Miguel Ángel Sánchez Arjona me propuso empezar a recibir a los inmigrantes en Cáritas. Y allí fui yo, sin tener ni idea de francés, ni de inglés, ni de árabe; y comenzamos a recibir a gente y a ampliar la acogida para no solamente darles ropa y comida, sino también protegerlos, enseñarles qué tenían que hacer, proporcionarles una educación, procurarles documentación para que pudieran estar legalmente en España… Y eso fue ampliándose con asesoría jurídica, con una casa de acogida… con lo que es la actual acogida en Cáritas: ayudar a la gente promocionándola en una acogida integral. De hecho la primera casa de acogida que hubo en Murcia la hizo Cáritas y se llamaba la Casa de África, estaba en la Orilla de la Vía. Empezó con un matrimonio de argelinos con niños que no tenían dónde estar y después las casas fueron multiplicándose. Porque en Cáritas la ayuda se hace siempre progresivamente, dependiendo de la necesidad que va surgiendo.
P.: ¿Por qué es importante esta atención integral para los inmigrantes?
R.: Porque son personas que aquí no tienen a nadie. Hay que ayudar a todo el mundo: inmigrantes, nacionales… a todos los que lo necesitan, porque a nosotros nos mueve la pobreza; pero entendemos que el inmigrante es más pobre todavía, porque tiene además la pobreza de la soledad, de la indiferencia, de que la gente no los entienda. Cuando una persona inmigrante te mira a los ojos y en su mirada encuentras todo lo que ha sufrido para llegar hasta nosotros, no tienes más remedio que ayudar. Pero esa ayuda tiene que estar dirigida a su integración.
P.: ¿Te han ayudado estas personas a estar más cerca de Dios?
R.: Sí, porque en su rostro ves el corazón de Dios allí. Él es el que llama desde ese rostro y dice: «Ayúdame». Y mi satisfacción ahora es que, a través de los años, cuando me ven por la calle se paran, saludan… y llena el alma de amor mirar a esta gente a la que se le ha ayudado en su momento, y ver que están integrados totalmente con sus familias. Es tremendo. Y no soy yo, es la ayuda de Dios, si no sería imposible ir a la comisaría, entrevistarse con los inmigrantes, darles casa… todo eso no he podido hacerlo yo sola. Eso nada más que puede ser a través de la ayuda del Espíritu Santo, que te ilumina en cada momento.
P.: ¿Sigues colaborando actualmente con Cáritas?
R.: Hace años que dejé la acción directa con Cáritas, pero siempre ayudo en actos de recogida de limosna, por ejemplo, cuando viene la Navidad o el día del Corpus Christi.
P.: ¿Animarías a otros a ser voluntarios en Cáritas?
R.: Evidentemente. Es ayudar a los demás en algo concreto que necesitan y que tú puedes hacer por amor a Dios y a los otros. Eso es incomparable, no tiene precio. Animo a la gente a que apoye a las personas que lo necesitan, de todo tipo, lugar y condición. Hay que ayudar siempre al que tienes al lado. Y eso te da la paz y la tranquilidad de ver que, por lo menos, has hecho algo en el mundo.