Manuela Ruiz García, que vive su fe en el Camino Neocatecumenal en la Parroquia San Francisco de Asís de Murcia, comparte su testimonio de una vida de servicio, también en la Asociación Shejiná como voluntaria.
P.: ¿A qué te has dedicado?
R.: A servir toda mi vida. Primero a mi madre, que siempre estaba enferma; y a mi abuela, que la quería con locura. Luego me casé y sin pensarlo estuve con mis suegros desde el primer día. He cuidado a mi suegra hasta sus 103 años en mi casa, estuvo como una reina; mi suegro murió antes, era mayor que ella. Luego mi marido empezó con alzhéimer y estuve cuidándolo, hace ya cinco años que murió. He estado toda la vida sirviendo a mi familia y he sido muy feliz, no lo cambio por nada del mundo.
P.: Ahora rezas por quienes son acogidos en la Asociación Shejiná, en la que se acompaña a chicos jóvenes para que reconstruyan sus vidas. Pero durante varios años estuviste colaborando activamente.
R.: Cuando mi marido falleció vi que me faltaba algo; hacer algo, ayudar. Y entonces estuve ayudando al sacerdote Pedro González Najas, sin comérmelo ni bebérmelo, en Mula con los chicos. Dijo que necesitaba una mujer para ayudarle y allá que fui. Al principio no era Shejiná, era simplemente Pedro, que fue a Canarias un verano y se vinieron cinco o seis chicos con él, preciosos todos. Y al principio estábamos ellos, Pedro, otra señora de Cartagena y yo. Muchas cosas ya no puedo hacerlas, pero estoy siempre dispuesta a ayudar a las personas, porque verdaderamente en esas personas está el Señor. Cuando veo a estos críos digo: «Señor, si estás tú presente». No hay más. El Señor se aparece en el otro.
P.: ¿Cómo es ver que los chicos recuperan sus vidas?
R.: No tiene precio. Lo más importante es que ellos quieren. Ahí es donde hay que agarrarse y ayudarlos para que salgan de ahí, y estudien y se busquen un trabajo y una vida. Pero lo más importante es que ellos quieran. Si no quieren no hay nada que hacer.
P.: También ayudaste en el Seminario Redemptoris Mater.
R.: Sí, luego estuve dos cursos en el Seminario Redemptoris Mater, limpiando habitaciones. Y aunque yo no estaba en la cocina también ayudaba ahí, porque cuando había mucho trabajo y ya había terminado me metía en la cocina. Al principio la cocinera no me dejaba porque no me conocía, pero después le encantaba. También me encargaba de planchar, doblar la ropa… Los seminaristas me pedían que les cosiera algún botón, que les arreglara algo… Se estaba muy bien. Me querían muchísimo.
P.: ¿Animarías a otros a colaborar con la Iglesia? ¿Hacen falta, por ejemplo, voluntarios en Shejiná?
R.: En Shejiná los chicos tienen que estar con unas obligaciones y unos horarios para estar ocupados y que no se puedan distraer; ocupados con los rezos, con cosas en la casa… Es muy importante. Hay que estar pendientes de ellos y de que estén trabajando, y hacen falta muchos voluntarios. Yo siento en mi alma no poder ir ya. Le decía a Pedro: «Aquí hace falta un matrimonio que esté fijo», porque necesitan gente con ellos; también gente como nosotras, abuelas que estén allí todos los días, que ellos vean que es una familia, que no se sientan solos. Para eso necesitan también alguien mayor. Eso es una casa, un hogar. Y es muy bueno para ellos.